EL DERRUMBE

       Una multitud de luces y bocinas desfila por Colón en dirección a la loma. Levanto la vista: el casino iluminado, un pedazo de mar, el cielo con pocas estrellas. Más acá, en la plaza, cientos de personas se amontonan entre las palmeras y la fuente -esa manía de la gente por el agua- para presenciar la cremà de la falla valenciana -esa manía de la gente por el fuego.  Ah ¿hoy queman la falla? me dice la vieja, desde adentro. Sí. ¿Querés verla? No. El monumento que van a quemar es un faro, o una torre, no sé -mi vista no da para tanto.

Tiro el pucho, carraspeo y cierro la puerta del balcón. Vuelvo hacia la cama al tiempo que el juez de línea anuncia los tres minutos de tiempo de descuento. A mi lado, la vieja que -como yo- ya pasó el minuto treinta del segundo tiempo, teje la funda de un almohadón. Ah ¿hoy juega Boca? No contesto. La miro, vuelvo a mirar el televisor y puteo al árbitro. El nueve se revuelca en el pasto exageradamente. No falta alguno que proteste ni tribuna que abucheé. La barrera se prepara para un tiro libre que al final no cambia nada. El partido está aburridísimo. Sobre el acolchado ruedan los ovillos de lana verde y blanca. Nos acostamos sin cenar, así dormimos mejor y más temprano.

Al final el partido termina cero a cero. Son unos maricones, unos pechofríos. El nueve que se revolcaba dice que el partido fue difícil, que no se pudo ganar pero que el equipo jugó con actitud ¿Qué será jugar con actitud?

 

Desde acá se escucha el bullicio de la plaza; está cantando un coro o algo así. En el televisor empieza el noticiero de la noche. Los títulos hablan de accidentes en la ruta, cambios en la economía y truculentos casos policiales. Ahora el conductor cede la palabra a su colega del móvil que está en la plaza, acá enfrente, donde se está por dar fuego a la falla. Ah ¿hoy queman la falla? pregunta la vieja, que recién termina la funda verde y blanca del almohadón. El del móvil está con el intendente, que habla de la importancia del evento para nuestra querida Mar del Plata y del significado simbólico del acto. Dice que en la falla se queman los males del pasado, que lleva los deseos de un futuro próspero y qué sé yo. Apago el televisor. Voy por un vaso de agua. Me tomo la pastilla para la presión, la pastilla para el glaucoma, una aspirineta para prevenir infartos; le recuerdo a la vieja que tome las suyas y salgo al balcón a fumar el último pucho del día.

La falla -el faro o la torre o lo que sea- es ahora un gigante de fuego que se erige entre la postal costera y mi edificio. Un gigante que comienza a bailar para el deleite del público, con el pelo al viento y el humo al cielo; pero está borracho y no se va a mantener en pie por mucho tiempo. Como es de esperarse, como cualquier cosa en este mundo que no sea una montaña de roca cristalina, se derrumba. Doy la última pitada mientras todo el conglomerado de gente observa un espacio vacío donde había una gran estructura que se derrumbó. Aplausos.

 

La persiana baja eclipsando los fuegos artificiales. Adentro todo es tranquilidad; la vieja duerme. Me dirijo hacia la cama, pero me detengo en el almohadón que yace a sus pies, luciendo su funda nueva. Lo tomo entre mis manos y lo contemplo un momento. La vieja duerme y ronca. El almohadón es mullido, suave, de cuarenta por cuarenta más o menos, y tiene una funda de lana verde y blanca. La vieja duerme como dormimos los viejos. Empiezo a caminar a paso lento, almohadón en mano, bordeando la cama. La vieja duerme boca arriba y por entre sus labios escapan continuos estertores. Sujeto el almohadón firmemente, con los brazos extendidos, cuando se oye una fuerte explosión. Ay ¿qué pasa? ¿Qué hacés, viejo? Hay unos segundos de silencio. Te quedó lindo le digo y me acuesto a su lado, mientras continúan oyéndose las explosiones de los fuegos artificiales.

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EL SEMEN NO FUE MÁS QUE UNA CURIOSIDAD EXTRA

Mi vecina era mi amante. La veía pasar por la vereda y me volvía loco. Entonces la llevaba hasta mi cuarto y la desvestía con los dientes. Lo hacíamos en todas las posiciones y por todos lados: en la cama, contra la pared del baño, o la mesa del living si estábamos solos. Era una amante siempre dispuesta; no le importaba mi torpe ansiedad ni la infancia en mi cara, aunque ella ya salía de noche.

El auge febril de nuestro amor fue hermoso, y breve, como casi todo lo hermoso. Fue secreto, o no tanto. Nos escondíamos de todos para entregarnos a las ganas. En mis sueños a veces su figura cambiaba: era más baja o tenía las tetas más grandes; pero siempre conservaba su esencia de fémina hedonista.

Ahora que es de noche y no tengo sueño, no puedo creer que no me reconozca. Antes me gritaba las palabras más sucias, hacía que le acabe en la boca o en la piel, y ahora no me reconoce. O eso parece. Son raras las relaciones humanas. Es raro, también, como algo que tanta alegría da un día empieza a perder gracia, o a sentirse distinto.

Recuerdo que la primera vez me asusté. Pensé que así debía sentirse la muerte. Sólo después encontraría la complacencia, el gusto, la técnica. En aquel momento simplemente seguí un impulso. Al principio se sentía bien. Se sentía un apaciguamiento, un algo que se armonizaba en mi interior; y a la vez otro algo que crecía, incontenible, y se apoderaba de mi. Entonces ya no podía parar. Lo que siguió fue como una convulsión, un retorcer de todos los nervios y músculos. Fue apenas un segundo, pero ya no estaba mi vecina; era el cuarto en soledad, los estertores de la muerte y esa sensación de que no aguantaba más. Para mi alivio, la calma llegó a mi vientre y se expandió por el resto del cuerpo. El semen no fue más que una curiosidad extra. Lo estudié un poquito y limpié.

Después me mudé y después crecí. Cambié amigos, novias, trabajos, visiones del mundo y hasta fui a la universidad. No suelo pensar en mi entrañable vecina de fuego, sólo muy de vez en cuando -como hoy- que me la cruzo y no me reconoce. El tiempo vivido es un rostro hacia dentro que puede reírse o sonrojarse, mientras el rostro hacia fuera disimula. Por eso cuando nos cruzamos seguí caminando, como si nada. En la soledad las imágenes vuelven y vuelven. Y en una noche tan larga como esta, por los viejos tiempos y porque sí, mientras me acuesto sabiendo que no podré dormir, llevo a mi vieja vecina hasta la cama y me vuelvo su amante otra vez.

LOS OTROS ROSTROS

Sus siluetas marchaban por el camino de arena, con sus pies de arena y sus rostros de arena. Era después del atardecer cuando, tendidos en sus lechos, los hombres de arena revolvían su pelo en la almohada o juntaban sus sexos de arena o simplemente miraban boca arriba el mundo de arena. Entonces…

Al abrir los ojos sintió un estremecimiento del cuerpo y el aire, seguido del ablandamiento y el suspiro predecibles. Pensó que no podría volver a dormir esa noche y encendió un cigarrillo al tercer o cuarto intento, justo cuando el reloj sentenciaba las 3:22 am. Las últimas líneas las había leído apenas unas horas antes. El humo ondulaba y se dispersaba por el techo; eran esos minutos en que el sueño todavía se deja ver claro. La reconstrucción terminó en una mueca entre inquieta e irónica, en dejar enfriar las sabanas para elegir un disco y después, ya despabilado por completo, situar la mirada al otro lado de la ventana, como si realmente hubiese algo que ver además de dos metros de patio y el paredón blanco. Un riff de Joy Division comenzó a pasearse por la habitación. Él abrió la ventana y sus hombros se levantaron por el frío repentino de la madrugada que lo descubría inmerso en una estado de agobio y desazón. Pensó, por pensar en algo, en su día -por demás habitual-. Horario cortado, un paréntesis de 15 a 16:30 horas en el café de la calle con nombre de provincia argentina, frío, práctico de epistemología, libros y pañuelos descartables. Pero los atisbos se le presentaban ineludibles. Estudió su cigarrillo un momento, »los rostros de arena» pensó y dio otra pitada.Su miraba volvió a ir más allá de la ventana, con la sensación de que ahí todo podía reunirse: los atisbos, los rostros, los tiempos y las melodías.

Todo se dibujaba sobre el blanco, con la fuerza de un Mi mayor emergían las siluetas y los rostros que ya eran otros rostros por debajo de ellos. Despojados de arena exhibían sus rasgos y ojos punzantes, sus oscuros movimientos de melodía circular, de colores fríos. Sus ojos sobretodo se distinguían dentro de un halo sutil aunque llamativo, y parecía raro que bastara un segundo para que se eclipsen tras un telón de aire húmedo y un La menor. Observó las reminiscencias con rostros y nombres mechadas con lugares inconexos. Todo pensado y proyectado por él con la sensación de buscar; pero es ese buscar que hace que entonces todo se vuelva una búsqueda que termina en nada, o en un largo itinerario de pensamientos de insomnio, en un despertar a las 3:22 am con atisbos y rostros y ventanas. Y es más allá de esa ventana -y la palabra ventana y la connotación de ventana- donde la búsqueda nace y deriva en otras búsquedas que igualmente se tergiversan, se bifurcan y trifurcan mientas él, condenado a buscar, en algún momento aprende a no encontrar lo que quiere y por la misma razón, en otro momento, aprende a querer lo que encuentra. Como si todo se reinventara con más levedad. Y en ese momento, extasiado frente a las manifestaciones del pensamiento que se proyectaban en la pared, que se plasmaban y volvían, ida y vuelta en una dialéctica por demás dudosa, notó que entonces todo se resolvía en un Do sostenido prolongándose en el tiempo, un ligero acople, apenas una percusión. Todo en perfecta armonía menos ese rostro -ah, pero ese rostro- que no se hallaba en la pared, que se encuadraba en la ventana con la vista fija. »Don’t walk away, in silence» pronunció Ian Curtis, con voz grave y aspera. El rostro, una imagen, acaso la exteriorización de aparentes sensaciones internas, de insomnio y de planteos. entraba por entre sus pestañas junto a esa sensación de querer escapar -¿escapar de qué?-, de cerrar los ojos no sin fuerza y era más bien un impulso, casi una necesidad. »Endless talking. Life rebuilding»

Al abrir los ojos sintió un estremecimiento del cuerpo y el aire, seguido del ablandamiento y el suspiro predecibles. Entonces el rostro y el otro rostro volvieron a mirarse, a estudiarse minuciosamente entre acordes crispados y precisos, bajos redondos, matices sombríos y la lágrima precipitándose en el borde del ojo, deslizándose pesada por la piel, cayéndose entrecortadamente junto a un sentimiento vasto, lacerante pero, al menos en parte, cómodo. La lágrima derramada con desdén y respeto a la vez, tan tangible como si rasgara la piel milímetro a milímetro hasta abandonarla para perderse en el aire, imperceptible, y estrellarse contra las maderas del suelo, sin importarle las mejillas húmedas ni la vista nublada. »Your confusion My ilusion» Se dejó caer en la cama y permaneció absorto hasta los acordes finales de la tema, sin rostros ni otra perturbación, »Don’t walk away…» y la voz se perdió.

El otro rostro encendió un cigarrillo al tercer o cuarto intento y se desplazó a lo largo de la ventana hasta dejar de ser visible. Él tomó un vaso de agua y sus ojos se detuvieron en un punto indefinido entre el aire y el silencio incompleto, hasta perderse en las lineas del libro que había dejado apenas unas horas antes. El humo ondulaba y se dispersaba por el techo, eran esos minutos en que el sueño empieza a persuadir. Pareció no importarle el hecho de que los rostros seguían presentes -porque ellos ya no se irían-, ahora los personajes y los lugares se proyectaban en diálogos extensos. »Los rostros de arena» pensó, por pensar en algo, pero ya todo empezaba a verse absurdo, lejano. Estudió su cigarrillo un momento; una mueca entre inquieta e irónica; una búsqueda que termina en nada; cada vez más lejano. Sin dormir cerró los ojos.

Ghon 2009

LAS LLAMAS DEL CIELO (FRAGMENTOS)

     De la ventana hacia afuera: la noche de cuarto creciente. De la ventana hacia dentro: la voz de Harrison que sale por los parlantes y se mezcla con el choque de los hielos en el Johnny Walker del vaso retaco; las telas manchadas; los papeles manchados; los papeles con tinta; los incontables renglones de tinta negra. Yo, por mi parte, sé donde tengo que estar, y me basta un corto movimiento de cabeza para saber que la luna sigue ahí, siempre en su órbita.

No sé, creo que estas líneas deberían ser más fáciles de escribir. Sobre todo porque después seguramente pensaré que son sólo más palabras, más tinta. Sin embargo, hoy tengo esta sensación: haber estado así siempre, no siempre claro, pero años, sí, muchos largos años quizá. Me pregunto si en estos años, mis años, no habré hecho más que germinar en mí algo sólo para mí. Alimentarlo. Cuidar lo que tan fecundo y casi necesario creí -y creo, de hecho- para el autoconocimiento y la creatividad. Algo que invariablemente busque, tan convencido en parte, e invariablemente padecí, en tantos momentos. Y es que si bien rara vez no estuve acompañado, la presencia central siempre fue otra cosa; fue la ausencia, o mejor, la presencia de la soledad. Presencia que ha sido mi hogar secreto, adondequiera que esté. Siempre fue la ventana, aunque cambie el paisaje. Fue mi habitación y mi taller, aunque cambien las direcciones; los vasos aunque cambien los vasos; los libros aunque cambien los libros; la luna, pero la luna es siempre la misma.

De no tener la soledad durante estos años -muchos largos años quizá- no hubiese pintado, no hubiese creado. Tomaría más, quizá, o no, porque la soledad también es eso, es tomar. Es vino o whisky. Vaso tras otro, cigarro tras otro. Puede resultar lacerante: el corazón golpea demasiado fuerte. También a veces la soledad es desolación, es perdida. Mucha gente no puede soportar a alguien centrado en su soledad, simplemente se sienten menospreciados u olvidados. Finalmente se alejan, y todo se aleja, y todo pasa, todas las cosas. All things must pass, George. Al final quedamos la luna, la soledad y yo: los mismos tres de siempre. Y entonces lo lienzos, los oleos, el papel, los acrílicos, y simplemente soy yo. Yo conmigo mismo, con la soledad. La presencia de la soledad; sólo la soledad; la soledad sola.

Eventualmente, pienso que es algo con lo que podría llenarlo todo, sin necesitar de nadie. Pero justo en ese punto, en el que pienso no necesitar de nadie, entonces es otra cosa. No es necesitar, sino que sencillamente es querer. Y cuando no se trata de necesitar pero lo mismo se elige, se está ante un sentimiento más genuino y veraz. Por eso todo, incluso el amor, se hace más claro y honesto en la soledad. Porque aunque el amor sea el deseo de salirse de uno mismo, como dijo algún poeta muerto, no se opone necesariamente a la soledad. Porque todo ES en la soledad, en uno mismo, también, para poder ser realmente compartido. Y porque en última instancia, ni el amor ni la soledad se acaban, sólo vuelven y vuelven, Tardé mucho tiempo en darme cuenta de esto, muchos largos años quizá. Pensé que mi camino era en solitario; ahora es nuevamente la ventana… ¡y claro! Porque finalmente yo no soy una montaña ni un Zarathustra. Yo me siento parte de acá y de allá. La luna siempre en su órbita  La certeza silenciosa en todos mis destinos. Muchos largos años, quizá. La luna sigue en su lugar. Muchos años.

 

 

Rezar era como hablarle a alguien. O a nadie. Yo le rezaba más que nada a Jesús. O a Dios, que era lo mismo –porque, pese a ser padre e hijo, junto al Espíritu Santo eran la misma persona, los tres la misma persona. A la virgen también le rezaba bastante, pero con Jesús era distinto. Él era mi amigo.

Jesús, o Dios que era lo mismo, fue una persona importante en mi infancia. Él me enseñó que nada grande puede hacerse sin amor ni sacrificio. Me enseño qué es el perdón. Me enseñó que en el mundo hay pobres, que hay injusticia, pero que algún día de los desposeídos será el reino de los cielos. Jesús me enseño, también, qué es la muerte, pero eso lo entendí recién años más tarde.

Yo era amigo de Jesús y no de Dios –aunque eran el mismo- porque ese tipo crucificado era mucho más querible, más para mí que siempre me hacía amigo de los que se portaban mal. Jesús era un provocador que traía su verdad, su causa, y la llevaba hasta el final. Se sacrificaba por mí. Se sacrificaba por todos, pero sobre todo por los pobres, los esclavos, las putas, los marginales. Si yo fuera cristiano intentaría ser como él. Y si todos los cristianos intentaran ser como él ¿cómo sería el mundo?

Un día empecé a tener problemas con los cristianos. Y otro día empecé a tener problemas con mi amigo Jesús. Además fue un día de esos, por esa época, cuando finalmente entendí qué era la muerte, la que me había enseñado Jesús antes, pero que yo no había entendido entonces.  Un día de esos fue lo de Pablo, un amigo mío, un amigo en común con mi amigo de la cruz. Ir a la escuela fue triste esos días. Hasta ese momento había sido ingenuo, me di cuenta, no sabía ni lo que podía hacer un ataque de asma, Fue la primera –y hasta ahora la última- vez que fui a un velatorio. Fue cuando entendí que yo también iba a morir algún día y, para peor, se me ocurrió que a lo mejor no había otra vida después de esta, que quizá era sólo la muerte, el apagón total. Ese pensamiento me torturó como a un Cristo- durante un largo tiempo. Lloraba a la noche, cuando me acostaba y pensaba en mi muerte. Tuve que inventarme otra visión de la vida: entender que esta vida era tal vez la única, sólo una e irrepetible, y que ahí estaba su valor, su encanto, su locura. Aunque el pensamiento de la muerte nunca se fue. Todavía me acuesto y pienso que voy a morir ¿cómo? ¿cuándo? Pero ya no me torturo ni lloro, hasta a veces me divierte pensar en mis posibles finales.

Me han dicho que los hábitos, los vicios, no se dejan, sino que se cambian por otro. Creo que por eso fue que por esa época, cuando perdí a Jesús y descubrí a la muerte, dejé de rezar y empecé a escribir. Que es más o menos lo mismo. Escribir es como hablarle a alguien, o a nadie; puede ser la oración de un ateo con cierto cariño hacia Cristo, cierto resquemor con los cristianos y cierta obsesión con la muerte.

 

 

– Lo malo de la música hoy es que ya nadie sabe de música – dijo Nelson misteriosamente.
Marcos permanecía concentrado en su tarea
– Y no sé, hay mucho para escuchar.
– Ajá – dijo Nelson – Hay tantos discos esperando en la net, tantos estilos tan poco consultados. Con la electrónica, sobre todo, hay tantos subgéneros que… Apurá con eso, es tarde y sigo demasiado lúcido.
– Ahí va, che – se quejó Marcos – Serví otra ronda mientras tanto, todavía ni apareció Emilio.
Nelson siguió la orden. El índice y el pulgar de Marcos desarmaban lo que llovía sobre la mesa.
– En este momento, pensá… – sugirió Nelson, insistente – Cuantos locos habrá buscando sonidos en garajes de todo el mundo, entre pedales, laptops, samplers. Y a su vez, tantos otros queriendo acceder a eso, saborear hasta el centro cuando apenas llegamos a probar los bordes.
Vaciaron sus vasos casi al mismo tiempo. Marcos armaba intentando dominar su pulso, que dejaba mucho que desear.
– ¿Tenés un billete?
– A ver… por acá – dijo Nelson, acercando uno con la cara de Belgrano.
El billete envolvió, comprimió, dio forma y devolvió a la mesa al ya armado y listo para morir. Sólo chispa, sólo chispa, no, vamos, ahí está.
– Eso fue papel – informó Marcos, con una mueca de asco.
De nuevo, sólo chispa, no, vamos, fuego.
– Eso no – rió y dejó escapar un poco de humo.
El perfume agridulce sedujo a Nelson que miraba en la oscuridad el rostro iluminado de su amigo que tenía los ojos muy abiertos, después muy cerrados. El humo se desparramaba por el techo.
– Voy a poner música – dijo Marcos
Nelson contuvo el humo largamente y no sin esfuerzo, hasta liberarlo cuando empezó a toser. Le dio un bajón a su cerveza. Marcos seguía esperando al que no iba a venir con sus obras y no iba a hablar con él sobre la expo. Miró su reloj, recordando que por la mañana necesitaría de un cerrajero, hizo un calculo de horas de sueño y volvió a pensar en la expo. Pero cada vez sentía menos preocupación, porque ahora el pulso comenzaba a acelerarse y la sonrisa se dibujaba a lo largo de las conversaciones que se desdibujaban. Unos acordes familiares llegaban a sus oídos entre el humo y las voces, y entonces era la típica escena, el paladar se resecaba rápido y la cerveza seguía fría. La noche daba paso a la típica noche y los minutos transcurrían como los típicos minutos.
-Por mí está bien.
A Nelson no le gustaba para nada quemarse los dedos.

 

EL RUIDO DEL SILENCIO

dibujA ver Alex. ¿Dónde estás? No puede ser que te encapriches y te escondas. No me hagas buscarte. ¿Por qué no venís a jugar? Bueno, está bien, voy a buscarte. ¿Eso querías? No podés estar muy lejos. Vos siempre estás acá, en la pieza. Entiendo que estés enojado y te escondas. Todos tenemos un escondite. Yo a veces me escondo en el armario. ¿Es por lo que dijo Ricardo que te enojaste? No le hagas caso. No importa lo que diga. Vos sos mi amigo, Alex, y no importa que Ricardo no te quiera porque dice que no hay que vivir de fantasías y no sé qué. ¿No viste que Mamá le dijo que no diga estupideces?

Ya sé, Alex, te metiste en el baúl de los juguetes. No revuelvas mucho; acordate que en el fondo escondimos el velador que rompimos con la pelota. Capaz que Mamá se dio cuenta, porque me preguntó donde estaba, le dije que no sabía y me miró con esa cara que pone cuando se hace más grande y yo más chiquito. Y a los chicos que mienten les crece la nariz. Bueno, Alex, estás… ¡acá! Mmm ¿dónde te habrás metido? ¿No estarás en el armario? Mirá que ese es mi escondite. A ver… menos mal. La otra vez Ricardo me encontró. Yo estaba llorando. Él me llevo a dar una vuelta y tomamos helado. Ricardo no es malo, pasa que habla mucho, como dice Mamá. Con Papá, hace mucho, íbamos a tomar helado a Cherry, pero esos eran más grandes, porque nunca los terminaba.

Si salís, Alex, podemos jugar hasta la hora de tomar la leche. Porque después me va a venir a buscar Papá para ir a su casa. No sabés, Papá me deja quedarme con él hasta tarde, mirando las series. Antes, cuando estábamos acá, en casa, no me dejaba. Que raro. Debe ser porque antes era chiquito, pero ahora uso guardapolvo blanco, Alex. ¡Acá estás! Ah, no. ¿Qué te decía? Mamá no me deja quedarme hasta tarde. Después de comer, a la cama. Pero a veces me hago invisible, salgo de la pieza y camino en puntitas de pie para no hacer ruido. ¿No te habrás hecho invisible vos ahora? La otra vez fui hasta la pieza de Mamá y espié por la cerradura. Mamá tenía los ojos vendados y Ricardo los tenía cerrados. Se besaban como se besan unos de las series. Estaban desnudos. Ricardo le contaba secretos a Mamá y se reían. Era gracioso. Que raro. Mamá cuando se esconde hace cada cosa. Una vez la vi llorando. No sabés lo que es Mamá llorando, Alex. Se le pone toda la cara roja y arrugada y llena de lágrimas que hacen caminitos que brillan. Después se suena la nariz fuertísimo con pañuelos de papel que amontona en un rincón. A Papá también lo vi llorando. Un día vino, se sentó en la cama, por acá, dijo que tenía que escucharle una cosa, y tenía una cara… No tenía lágrimas ni nada, pero lloraba, Alex. Se notaba que lloraba con la panza, que tenía en la panza eso que hace fuerza, sube a la garganta, después a la nariz y se hace mocos. Entonces hay que sonarse, como hace Mamá. Ese día vi a Papá y me di cuenta que se puede llorar de otras maneras. Algunos largan chorros de lágrimas que mojan el piso. Papá llora callado. Mamá llora con todo. Yo lloro escondido.

Me parece que abajo de esa manta hay alguien que se mueve. No. ¿Cuál será tu escondite, Alex? Porque todos tenemos un escondite. El de Papá es un cuartito con un escritorio y muchos papeles. Yo no puedo entrar; no deja entrar a nadie. Dice que ahí hace las cuentas. Yo también hago las cuentas en la escuela. Si no te salen las cuentas, te crecen orejas de burro.

¿Sabés que no te conté, Alex? Papá me deja ver las series, pero cada tanto me tapa los ojos, porque son cosas de grandes o me voy a asustar. Igual a veces las series es un embole. A mi me gusta cuando aparece el chico colorado que siempre tiene aventuras. No sabés, en una me asusté. Papá me tapó los ojos y se escuchó un ruido fuertísimo, así, búum, de una bomba. Cuando me destapó se veía todo humo y ese ruido que es de ruiditos o pájaros que están muy lejos. Es el ruido del silencio. Se escucha siempre después de que alguien hace shh, o cuando vamos al campo o es de noche. Bueno, cuando se terminó el ruido del silencio empezó una música y entonces el chico apareció entre todo el humo. Eso me mató, porque parecía que no había quedado nada después de la explosión.

Ya te vi, Alex, estás atrás de la cortina. Te vi. Dale, salí que ya te vi. No me hagas esto, comportate como un hombrecito. Alex a la una… Alex a las dos… Al fin. Ya me estaba cansando. ¿Seguís enojado? Ah, que bueno. Mirá, en un ratito voy a tomar la leche y ya me viene a buscar Papá. Vos te tenés que quedar acá, pero no le abras la puerta a ningún extraño eh. Bueno, ahora sacamos la pelota y jugamos, con cuidado, que ya sabés lo que pasó con el velador, pero shh, no se lo cuentes a nadie.

ACQUA DI GIO

    Es como si ella estuviera ahí, acostada al lado de él, apenas iluminada por los rayos que se filtran por la persiana en aquel departamento del primer piso. Emilio ve a Tamara ahora  como tantas veces la vio durante aquellos días: recién salida del sueño, entumecida entre las sábanas, absorta en la perspectiva del cielo raso desde la cama, pensando en quién sabe qué. Porque durante aquellos días Tamara tenía, aparentemente, mucho en que pensar y el estudio del cielo raso desde la cama parecía su actividad predilecta para acompañar el pensamiento. Emilio también suele abstraerse en esa perspectiva; le gusta recordar y pensar en la cama, como si desde ahí viera todo con más claridad, como si desde la cama el mundo pareciera un lugar más sencillo. Pero el día ya arrancó y no le dará ventaja: tiene que levantarse.

     La persiana se queja durante su izamiento y la habitación se llena de luz, de ruido a motores. Emilio abre la ventana de par en par y se llena los pulmones de aire cálido. Después estira lentamente los brazos y gira la cabeza en una y otra dirección, para sacarse la modorra. En uno de esos giros, lo ve sobre una repisa: ese perfume, ese Acqua di Gio Armani, esos setenta mililitros de dudosa originalidad. ¿Cómo no lo vio antes? Ahora Emilio ve a Tamara acercarse a la repisa, tomar el perfume, presionarlo cuatro veces sobre su cuello con esa cara de nada que pone mientras hace esas cosas, para después mirarse al espejo, como si el perfume hubiera producido algún cambio visible en ella. Emilio da unos pasos hasta la repisa, toma el perfume, lo presiona una vez y respira hondo. Tamara sigue ahí; ahora la ve y la huele -siempre como durante aquellos días, con esa misma actitud. Pasa unos segundos entre pensativo e inquieto, hasta que de golpe gira y lanza el frasco hacia la calle.

     Emilio cierra la ventana y va al baño. Ahora piensa frente al espejo -que es algo completamente distinto a pensar desde la cama. Comienza a decirse que no ve a la Tamara que conoció, que no ve a la de aquellos días sino a la Tamara que su memoria elige. Porque ella es un recuerdo y esa generosidad de la memoria le permite, al menos en parte, recordarla como quiere recordarla. Se le ocurre que la Tamara que ve es más fácil de tratar que la que conoció. Porque la Tamara que ve está sujeta a los juegos en los que unos momentos son enfatizados y otros atenuados, en los que los hechos y los sustantivos propios oscurecen y acaban por mezclarse. Ahora Tamara es sólo una conversación de café, una foto en el fondo del cajón, algo parecido a un deja vu, un personaje onírico, un disco que jamás fue devuelto, un perfume -el Armani, ese Armani- que juega con el subconsciente y entonces asoma el recuerdo. Pero sólo un recuerdo, apenas unas páginas del libro, no más que una cifra en la gran suma de sucesos inconexos a la que el dueño le da sentido.

     Emilio se mete en la ducha y entonces el agua comienza a despegarle los recuerdos, los pensamientos. Poco a poco Tamara es llevada por el agua, volcada por las cañerías junto con su perfume y su actitud y todas sus cosas de aquellos días.

 

     La última vez había sido en ese departamento, durante un auténtico día gris, de esos que hace frío, está nublado y llueve finito. Porque aquellos días fueron, en general, de esas condiciones climáticas y ellos salían sólo el mínimo imponible. Tamara iba a cuidar a los nenes de Caro y luego volvía al departamento. En realidad, no tenía muchos otros lugares donde ir. Ese día, cuando Emilio llegó ella dibujaba en la ventana. Porque a los vidrios se les daba por empañarse y a Tamara, que le gustaba encontrar nuevos vicios, se le daba por incursionar en el dibujo a dedo. En un comienzo, aquel encuentro no fue muy distinto a lo habitual. Durante aquellos días Tamara tenía, aparentemente, mucho en que pensar y Emilio pasaba a un segundo plano. No era más que algo que estaba ahí, mientras ella se ocupaba de si misma. La ansiosa espera, las ganas de encontrarlo y de tenerlo habían descarrilado en alguna curva de esa cotidianidad del departamento y los días grises. La cuestión era cíclica. En un primer momento, Emilio se mostraba cariñoso: le pedía abrazos, atención, »que compartan algo». Cuando advertía que Tamara hacía caso omiso a sus pedidos, pasaba al enojo. Se fastidiaba y trataba de impedir que ella siga haciendo lo que hacía. Si miraba una película, le desconectaba el tele: cosas así. Entonces el fastidio le llegaba a ella.

     -Me tenés podrida. Sos un manipulador. Vos no decidís lo que yo hago. Yo hago lo que quiero ¿entendés? ¡Me voy a la mierda!

     Ahí era cuando tomaba sus cosas y se iba con los gritos de Emilio sacudiéndole los tímpanos,

     – ¡No vuelvas nunca más, desagradecida!

     Sus despedidas eran de ese estilo. Después de uno o dos o tres días, Tamara volvía y todo recomenzaba. Pero esa noche, mientras ella tomaba sus cosas, el ciclo se rompió.

     -¿Dónde está mi Armani? No lo encuentro.

     -No sé.

     Emilio estaba como ensimismado. En un rincón de la cama, miraba a través la ventana, ajeno a lo que pasaba adentro. Afuera se había hecho de noche. Tamara se desconcertó; cambió el tono de voz.

     -¿Qué te pasa?

     -Nada. Pienso.

     -¿En qué?

     -No sé. En todo. En nosotros- dijo Emilio, girando en la cama. La miró e hizo una pausa- Yo intento… yo tengo la mejor intención pero…

     Tamara se sentó a su lado, aunque no lo miró.

     -Así que tenés la mejor intención eh. Yo tengo una intuición.

     -Una intuición…

     – Sí, una intuición –insistió ella- A veces las mejores intenciones no pueden lo que una intuición no adelanta.

     Emilio se preparó para decir algo, pero volvió a mirar por la ventana. Pasó un segundo largo hasta que giró la vista hacia ella, que lo estaba mirando.

     . ¿No es raro? – preguntó Emilio.

     – Sí… es raro- dijo Tamara, que no sintió necesidad de preguntar qué cosa.

     Entonces Emilio la rodeó con un brazo y le acerco la cara a la suya. Tamara vio en esa cara la mirada de un animal que ataca porque tiembla de miedo, pero le pareció que lo mejor era ceder. En realidad, ya no sabía qué veía cuando lo miraba; podía ser eso o una tragedia, o un vacío, o un azúcar quemado. No quería pensar más y por eso lo mejor era ceder, entregarse sin vueltas a lo tierno y lo inútil de ese momento.

     Cuando el aire dejó de temblar y los ojos de Emilio vieron el humo del cigarrillo expandirse por el cielo raso que alguna vez había sido blanco, Tamara se metió en el baño. En la oscuridad, manoseó la pared hasta dar con el interruptor de luz. Ya había prendido la ducha cuando las primeras lágrimas le surcaron la cara. Entonces procuró que el agua que caía sobre ella se llevara a Emilio -esta vez para siempre, se dijo. Frotó intensamente su piel para que no quedara nada de su imagen, su olor, su voz, para sacarlo de ella y dejarlo ir con el agua a través de las cañerías, mientras él fumaba en la cama sin saber que se estaba yendo.

 

     Emilio sale del baño, se cambia y se echa desodorante. Prepara un café que toma rápido y se va sin hacer la cama. Al llegar a la vereda percibe un aroma familiar y piensa que, aparentemente, el perfume era original. 

LESLIE

Si usted es de los que caminan por la playa un día cualquiera, un martes de agosto o un domingo de enero, puede que la haya cruzado alguna vez.
Casi todos los días Leslie camina sobre la arena. A veces el sol le da en la cara y a veces es de noche: su costumbre no sabe de horarios. Deambula sin dirección hasta sentarse a contemplar la pared de agua y cielo, dejando que las inagotables astillas de la costa se le prendan a la ropa y las suelas. Perdida en ese absoluto de agua-arena-aire, le ocurre algo que tiene mucho que ver con el tiempo. Siempre es así: un paso y pasa una eternidad; después se sienta, el mar se filtra entre sus pestañas y las eternidades se suceden una tras otra.
Leslie tiene veinticinco o tal vez cien años. Si usted la mira a la cara -o mejor, la ve-, no sabrá nada de su edad. Su rostro –o mejor, su expresión- de piel tersa y delicada se funde en algo de sus ojos –o mejor, su mirada- que parece acariciar la medula de lo que apunta, dándole un aire de edad a sus rasgos juveniles.
Si usted es de los que se acercan a la orilla y hasta juegan con las olas, es posible que alguna vez una imprevista jugada del mar le haya arrebatado algo que, después, el mismo mar le devolvió en la orilla para su sorpresa. Leslie entiende esa conducta de las aguas. Observa las olas arrimarse y abraza el deseo o quizá la creencia de recompensa. A veces ve algo. Entonces el corazón la apresura, los sentidos se le ponen de punta y el labio superior se le arruga en una sonrisa de ilusión que le resalta cada comisura de la boca. A pasos largos va hacia las olas y el frio punzante del agua le eriza la piel. De pronto queda inmóvil. Apagando cualquier vestigio de euforia, vuelve a percatarse del perpetuo rugir del mar que en un momento parecía ausente, del viento enrarecido que la despeina. Perdida en ese absoluto de agua-arena-aire, le ocurre algo que tiene mucho que ver con el tiempo.
Así usted, si perdió algo, puede consultarle al mar como Leslie y ver si, con suerte, alguna ola se lo devuelve. Pero si esto no ocurre, intente controlar sus emociones. No haga como Leslie que salta de la escollera. A ella la encuentran días después, en la orilla donde las olas la acercan. Pasa apenas un tiempo y parece que nadie recuerda que Leslie existió. Aunque a lo mejor alguien escribe su historia, o la transforma en un cuento del que se presume autor. Y así quizá usted lo lee y, quizá también, en algún momento se ve frente al mar, deja que las inagotables astillas de la costa se le prendan a la ropa y las suelas y mira, al menos un momento, como Leslie lo haría.

OJOS DE GATO

Si lo vieras, ahora, sabrías de lo que hablo; mira puntos indefinidos en el aire como si se tratara de algo asombroso. Pero vos no mirás al gato. Seguramente me mirás a mi, al tiempo que hablas seria y cada vez más alto. Yo acomodo la pava sobre el fuego y, por el cambio en tu voz, sé que tus ojos se cristalizan y pronto las lágrimas dividirán tu cara con un rastro de rímel negro. Lo sé aunque no te miro, aunque prefiero mirar al gato, más grande y menos tímido que cuando lo vi en la calle y pensé en adoptarlo, una noche que vos estabas con tu amante. Llovía mucho y eso terminó de convencerme.

Tus gritos empiezan a desparramarse como los añicos de la vajilla que destruís. Entre tu respiración agitada, se sueltan esas palabras que tardaron años en gestarse. De esas que pasean sigilosas a tu alrededor, que ocultas hasta que pronto están por todos lados, esforzándose por ser más claras, lo suficiente como para que me las escupas sin que ni siquiera te mire. Tu voz está totalmente quebrada. Ahora seguro que hay lágrimas y debes sentir espasmos en el pecho. Gritos. Llanto. El gato se asusta. Las copas con las que alguna vez brindamos se desintegran contra la pared y la pava suena, humea como una locomotora a vapor. El calor que sube hasta tu rostro, el enrojecimiento, los músculos contraídos en tu cuello y tu cara, las venas estranguladas bajo tu piel: todo eso lo veo aunque no te miro.

De a poco los ruidos cesan. Queda apenas tu respiración entrecortada, alejándose en un rumor de puerta que indica tu encierro en nuestra habitación. Los palitos de yerba naufragan en el agua fría del mate de la mañana y los minutos siguen de largo, como seguían cuando vos gritabas y como también seguirán después. Entonces sólo me queda esperar que enfríe un poco el agua, junto al gato ya no tan asustado, que ronronea y se aprieta contra mi.

La puerta de la habitación se abre y como una extraña señal de respeto, ahora sí, te miro. Veo tu rostro acalorado, tus ojos cristalizados, tu delineado y rímel corridos; veo tus pasos entre los pedazos de vidrio que arrastra una gran valija, la misma que alguna vez viajo con nosotros. Pasás frente a mi y por unos segundos nos miramos: vos no hablas, yo tampoco; tu mirada y el silencio mismo parecen suficientes. Finalmente, tu mano sin alianza cierra la puerta principal mientras yo cambio la yerba y pienso, intrigado, en que verán los gatos cuando miran puntos indefinidos en el aire.

 

EL ATAQUE

Todo lo que pasara o dejara de pasar, incluso algo que no fuera el simple andar sin rumbo de un domingo evidente, entre todas esas toneladas de cemento caldeado por el sol, era ajeno a él. En su quinto B el aire acondicionado estaba encendido y las ventanas cerradas. La Quilmes se hallaba al alcance de su mano, sobre la mesa ratona, junto al sillón donde permanecía entumecido y absorto a mitad de un libro grueso y de páginas amarillentas. Ante el primer zumbido no reaccionó. Al segundo respondió con algún manotazo en vano. La invasora tuvo que dar varias vueltas para ganarse su atención ¿Cómo había llegado esa mosca ahí?

Irritado por la interrupción pero aún paciente, respiró hondo y con ojo de cazador interceptó a la mosca en pleno vuelo, usando el libro como arma. No la vio caer, aunque estaba seguro de haberla golpeado. El cuerpo habría caído con los segundos contados, hasta encontrar el piso sólo para un aliento de vencido, sin ninguna posibilidad de resistencia. Entonces él, con ilusión de victoria, le dio un bajón a la Quilmes antes de retomar la lectura. No le costó mucho volver a la comodidad y el abstracto; rápidamente toda su atención se derramó sobre las páginas amarillentas.

La siguiente ofensiva lo tomó por sorpresa. Esta vez el zumbido acabó en un aleteo insoportable casi en el interior de su oído. Todos sus sentidos despertaron de golpe y, en un grito de furia, repartió menciones a la mosca y a todas las hembras de su familia. Exasperado, con algo de frustración, encaró hacia el insecto a golpes de libro y de palma abierta. No dudó, además, en abrir de par en par la ventana, dándole al enemigo la oportunidad de huir y salvar su vida. Transcurrida otra batalla sin vencedores ni vencidos y tras perder de vista a la mosca, comenzó a sospechar una retirada. Después de repetidas observaciones y una espera prudente, aunque con ciertas dudas, pensó en cerrar la ventana y el asunto. Entonces otra vez: ¡al oído!

Las puteadas volvieron a agotar tanto su creatividad como sus cuerdas vocales. Finalizado este descargo, con una mueca de odio y libro-arma en mano, se preparó para iniciar la contraofensiva

 
Ahí estaba la mosca maldita, en un rincón de la pared. El hecho de que sea apenas un punto negro y de tal manera se burlara de él y sus inútiles esfuerzos por destruirla, era algo tan insólito como inaceptable. El hombre marchó contra el insecto, preso de ira aunque forzado al sigilo, casi sin respirar, y al llegar donde la mosca se parapetaba soltó un golpe que fue esquivado a último momento. Rápidamente giró para volver a atacar, pero la torpeza de este movimiento le costó un rodillazo contra un extremo de la mesa ratona. Ya sin siquiera voz para gritar, desde el piso tomó la Quilmes y la hizo mutar a proyectil, igualmente en vano. Tras levantarse como le fue posible, a pasos rengos lanzó manos, juramentos afónicos y cualquier cosa fácil de lanzar que se le cruzó.

A esta altura las bajas no eran pocas: tres portarretratos, un florero, un espejo. Él tenía heridas en las manos, por los vidrios rotos; pero la mosca, la maldita mosca, seguía ahí. Detenida sobre el respaldo del sillón, con total impunidad, continuaba burlándose ¿Qué clase de poder maligno encarnaba ese insecto? A menos de metro y medio se plantaba él, con el rostro inyectado de odio y la respiración agitada por el movimiento y el nerviosismo exacerbado. Escuchaba su risa, le indignaba su burla, la intolerable impronta con que un ser diminuto pretendía dirigirse a un hombre de su altura. Sus brazos levantaron por encima de su cabeza un televisor de treinta pulgadas que, con más furia que fuerza, fue arrojado hacia la invasora. A la explosión le siguió un silencio que se sentía como un anhelado descanso y a la vez, por un lado más endeble, como la calma que antecede a la tormenta

La figura de la mosca, tan insignificante y tan terrible, emergió entre humo y olor a quemado. Antes de lanzarse por la ventana, él todavía escuchaba las risas y los cantos de victoria. El cuerpo habría caído con los segundos contados, hasta encontrar el piso sólo para un aliento de vencido, sin ninguna posibilidad de resistencia.